Me caí, sí, me volví a caer. Ayer por la noche, infinitos recuerdos me vinieron a la memoria, como de costumbre. Pero esta vez me caí, todos los recuerdos se desplomaron de golpe. Y pensé, le di mil vueltas, le dí tantas vueltas que me maree y me caí. Como pude me levanté, hacía mucho frío y recordé aquellos fríos sábados, en los que iba a despertarte y me metía contigo en la cama, me dabas los buenos días y me contabas una historia de esas que tanto me gustaban. Sábado tras sábado, así hasta que me hice mayor. Una vez en pie, fui a por lo más valioso que tal vez tenga en mi habitación, y ahí me quede, un rato mirándolo. La foto perfecta, en uno de los lugares más bonitos que conozco, con la persona que más me quiso en la vida. De su mano me sentía más protegida que con cualquier armadura. ¿Cuántas veces subimos aquella montaña juntos? Y desde entonces, no he vuelto. Tengo miedo, miedo de ir, miedo de caerme.
El miedo de recordar, porque el problema es que después de recordarlo todo, cuando tienes una sonrisa en la cara, cuando recuerdas lo feliz que eras a su lado te das cuenta de que esos momentos no van a volver, que no hay ninguna forma de volver a cogerle de la mano, de volver a escuchar su voz, de volver a abrazarle, a sentir ese olor que tanto me gustaba. Y entonces me caigo, pero si me levanto, sé que es porque estés donde estés, tú me vas a dar la fuerza que necesito para seguir adelante y para soportar lo que sea. (O al menos me gusta pensar así).
Que para mi eres un trozo de mi vida, que me arrancaron sin pedírmelo y deprisa.
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