A veces, como en un sueño, como un poco sonámbula, se despertaba en medio de la noche. Cogía uno de sus bonitos vestidos y fingía (o tal vez no) que era una de esas bonitas princesas. Cada noche, y una tras otra, la misma rutina. A veces olvidaba donde acababa la realidad y empezaba el sueño.
En su cajita secreta, dónde había también millones de secretos, guardaba, con recelo, la promesa que le habían hecho tantísimas veces: convertirla de una vez por todas, en una princesa.
Brillaba. Tenía magia. Y olía mejor que las pastelerías a esa hora en que ya salió la primera hornada de pastelillos de chocolate.
Olvídalo, no intentes ser una princesa, no te disfraces, no finjas, no desees serlo cada noche antes de acostarte...
Aunque tú no lo sepas, ya lo eres.
Un abrizo.♥
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